lunes, 22 de julio de 2013

8. SILENCIO EN EL CORAZÓN, RUIDO EN LA MEMORIA... O VICEVERSA


Domingo, 21 de Julio de 2013: Silencio en el corazón, ruido en la memoria… o viceversa.

Menuda juerga se están montando las gaviotas esta noche… No me desagrada oírlas: ahora mismo estoy a unos cien metros de la orilla de la playa, y eso no lo tengo durante el resto del año. Vivimos cerca de la costa, pero no EN la costa. Nuestra casa es un pequeño edificio de tan sólo cinco años, sito en una barriada de siglos de antigüedad que originalmente era un apartado núcleo de viviendas de campo. Nos fuimos a vivir allí por culpa de mi gran defecto: la irracionalidad. Ya lo tengo más controlado, pero, cuando adquirí la vivienda, estaba totalmente desatado a causa de mi primer embarazo. Nunca me he arrepentido de nada cuanto haya hecho en mi vida; sin embargo, de la decisión de irnos allí… de momento, me arrepiento. Desconocía la zona, ignoraba lo que se cocía calle abajo… y, aun así, me dejé llevar por el sueño de tener una casa cerca del campo donde criar a mi hija. Por esa barriada pasan más policías en un solo día que por toda la capital en un mes, y eso ofrece bastante confianza; el motivo por el que pasan tantos policías, y de distintos cuerpos de seguridad, no genera la misma confianza… Total, que allí no hay gaviotas.
Ayer, sábado, fue un día diferente. Diferente para mí y diferente para mis hijas. Ángela aún continuaba preguntándome por qué tenía que ir ella a Málaga a ver a su padre si su padre podía venir aquí a verla a ella en lugar de interrumpir sus vacaciones. Cuando le vio, no quiso ni saludarle. Afortunadamente, mi hija mayor es una niña comprensiva y sabe ser feliz pese a cualquier contrariedad, y espero que siga así.
Cuando íbamos a salir de vuelta, se soltó el collarín de la palanca de cambios y pensamos que tendríamos que quedarnos en Málaga. Unos diez minutos después, amenizados por una Orquesta de Llantos en Do Mayor de fondo, el problema estaba resuelto. Los llantos cesaron y vinimos de regreso. “Mamá, Ángela me ha quitado el patito – Mamá, Valeria no me da la libreta – Mamá Mamá Mamá…”, todo volvía a la normalidad.
En cuanto llegamos, las tres a la ducha y a arreglarse que mami esta noche va a salir un rato con unos antiguos compañeros del colegio ¿Salir? ¿Ir sin nosotras? ¿A dónde? Diferente para mí: tres años sin salir a un lugar donde no acabásemos cantando el cumpleaños feliz entre colchonetas y bolas de plástico. Diferente para mis hijas: nos quedamos con la tita y el tito y mamá sigue viva; con sentimiento de culpabilidad al principio, pero viva. Por la mañana pensé en dejarlo pasar y continuar con mi rutina de sempiterna madre portadora de niñas. Pero me empujé a mí misma a arreglarme un poco (mucho habría sido una pérdida de tiempo, porque el resultado iba a ser el mismo…), pasar de las bermudas vaqueras y las camisetas estiradas, soltarme el pelo y… ¡¡¡ponerme rímel!!! Me obligué a tranquilizarme: nadie te va a comer, van los buenos, no te preocupes… pero ni siquiera sabía por qué tenía miedo, inseguridad o desasosiego. Sigo sin saberlo. Y tampoco voy a tratar de averiguarlo.
Aunque íbamos a ir a cenar a casa de unos amigos, el tiempo se nos echó encima y cenamos en casa. Yo, de pie y a carajo sacado. Las niñas iban a pasear con la tita y el tito, y tenía que dejarlas vestidas y peinadas, explicarles a los adultos cómo se abre y se cierra la silla de paseo de Valeria, prepararles el bolso con todo lo necesario, qué pueden hacer las niñas y qué no pueden hacer bajo ningún concepto… Entre explicaciones y preparos varios, la mujer de 41 trataba de dejar de sudar la gota gorda para poder salir de casa medio decente. El coche, sin luz de cruce en el faro delantero derecho. El bolso, demasiado pequeño en comparación con el que suelo llevar. Un collar que apretaba como un demonio mi cuello acostumbrado a la libertad. Las plataformas de los zapatos parecían más anchas y equilibradas la última vez que me los puse. Unas ganas de recogerme la melena que ni te cuento. Las uñas pintadas de cualquier manera porque Valeria se despertó de su siesta antes de que hubieran terminado de secarse… Demasiado tiempo sin hacer para mí misma algo más que fumarme un cigarrillo, tomarme un café o escribir al anochecer…
El camino hacia el lugar de encuentro era más típico de La Matanza de Texas que de un pueblo costero. Tras los cañaverales y entre la nube de polvo que las ruedas del coche iban levantando a su paso, me imaginaba a cientos de zombies hambrientos, algún que otro licántropo y posiblemente un engendro inmortal con un machete y una careta agujereada. Y yo, solita en medio de toda esa nada. Y, como si de un oasis se tratara, al final de dicho camino se abría paso la luz, tenue y agradable, de Los Jardines de la Cala. Aparcar fue más fácil de lo que me iba imaginando, teniendo en cuenta que había estado a punto de quedarme sin marcha atrás esa misma tarde. Aun así, no quise tentar a la suerte y dejé el coche en llano y en primera para bloquear las ruedas (el freno de mano también es de traca, pero es lo que hay, y rogando por que no se averíe nada más). La caminata hacia el pasado no era larga, pero se me hizo eterna…
Por más vueltas que le doy, no hallo la respuesta a mi duda sobre qué asignatura pendiente tendré yo con aquella época de mi vida. Si algún día me lo puedo permitir, a lo mejor entro al trapo con el psicoanálisis o la hipnosis, o la regresión… o cualquier técnica que me devuelva a los ochenta para poder explicarme por qué demonios vuelvo una y otra vez a esos años. Son recuerdos olvidados, que no perdidos; y todo lo que se olvida, tarde o temprano, vuelve a la memoria. Mi papelera de reciclaje está llena de archivos ocultos y bloqueados: ni los veo, ni puedo restaurarlos. Pero están ahí, y alguien será capaz de devolverlos a la carpeta de documentos… o algo… o yo misma, algún día… tal vez cuando ya no me sirvan para nada…
Anoche me pareció recordar algún suspenso de vida, alguna prueba a la que no me presenté, algún examen sorpresa que nunca pude repetir… pero tampoco estoy segura… Cuando llegué, ni siquiera estaba segura de qué grado de relación había tenido con todas aquellas personas…
Como treinta adolescentes acababan de quitarse el uniforme y estaban tomándose unas copas al fondo del jardín. Como treinta cuarentones y cuarentonas habrían dejado sus vidas de los últimos veintitantos años por una noche para acudir a la esperada cita, el reencuentro… Tardé una media hora en saludar a todo el mundo. Ellos habían estado cenando allí, yo llegué de las últimas (de hecho, la antepenúltima). Juro por mi anillo de calavera que me estuvieron temblando las piernas durante los diez primeros minutos. Puede que el miedo no fuese a los malos sino, precisamente, a los buenos. Como más tarde me dijo uno de aquellos adolescentes cuarentones, él había estado tratando de recordar a quién podría haberle hecho daño por inconsciente a lo largo de los cuatro años que compartimos estudios; quizás yo también temía algo así. O quizás… la adolescencia es un período de tiempo relativamente corto, pero marca el resto de tu vida. La impresión causada por un adolescente a los integrantes de su círculo social habitual, es para tal adolescente más importante, casi, que su propia vida. Después, el adulto cambia, se siente más seguro, más independiente, se deshace de esas innecesarias cadenas y rompe los grilletes (normalmente), pero el adolescente todavía no ha conocido ese cambio. Un grupo de personas que no se han visto desde la adolescencia… siguen viéndose como adolescentes, cada uno vuelve a asumir su rol del pasado, se sienta en la misma silla, ocupa el mismo puesto en el ranking de valores y opiniones… todo regresa…
Ayer regresó la alegría. Afortunadamente, sólo regresó la alegría. La alegría, de la mano de algún que otro recuerdo olvidado, algún que otro sentimiento aparcado, alguna que otra sensación de ternura compartida por todos, cariño, apoyo… Me hizo bien. Me hizo mucho bien volver atrás.
Las cinco de la mañana, y yo fresca como una lechuga. Eso sí ha cambiado…
Cuando llegué a casa, y pese a los recuerdos, acaricié la barriguita de mi chiquitina, la cubrí con la sábana que ella se empeña en retirar con los pies desde su sueño profundo… Después abracé a mi rubia y me quedé dormida, segura de estar en el mejor lugar de la Tierra: junto a mis hijas.
Mi vida, toda mi vida, me ha llevado a ellas.
Hoy nos teníamos que levantar temprano en casa, porque nos esperaban el barro y las aguas sulfatadas. Si bien era una excursión para las niñas, Valeria, del barro, no quería ni oír el nombre, y estuvo todo el tiempo dando paseos por el río. Ángela, por el contrario, se lo puso hasta de peluca, pero se lo tuve que limpiar echándole agua con un cubito porque vio unos pececillos del tamaño de una uña, y ya no quería acercarse al arroyo. Un huevo a una castaña… Hemos pasado la mitad del día con Juan Diego y Ramón. Hacía tiempo que no nos veíamos, pero no tanto como para confundirme con una señora extranjera, por más barro que llevara encima. Al parecer, Ramón insistió tanto en que aquella mujer era yo, que llegó a asustarla y hacerla huir de ellos. Ya bien entrada la tarde, fuimos a un concierto en la playa, donde las niñas también pudieron jugar a gusto: vestidas de calle, con el pelo recién lavado, y de arena hasta las orejas…
Cena en un restaurante de comida rápida que a mis niñas les encanta… a mis niñas y a todos los niños del mundo… Hemos pedido unos globos para ellas, y mi hermana explotó el de Valeria por accidente, aunque después ha sido repuesto. Un globo, para una niña pequeña, no es solamente un globo, sino la expectativa de jugar con ese globo hasta cansarse; cuando esa expectativa se ve truncada por la explosión… la niña puede frustrarse momentáneamente. Y si no quitamos importancia a ese comportamiento, a esa reacción, y no le explicamos que no ocurre nada porque puede divertirse de muchas otras formas, que los globos explotan porque son trozos de plástico frágil rellenos de aire… esa niña crecerá soñando una vida con la expectativa de que el futuro la convierta en realidad y, si no resulta así… no sabrá ser feliz. La frustración ante el fallo de las expectativas es muy fácil de evitar si, simplemente, evitamos hacer planes de futuro y nos limitamos a aprovechar al máximo el presente, a desgastarlo de tanto disfrutarlo.
He tenido que meter mi “grácil cuerpecillo” en el túnel del parque infantil para sacar del mismo a una Valeria llorosa y sudorosa que me llamaba con la desesperación de una mosca atrapada en una tela de araña. Creí que no cabría allí dentro, o que cabría a la ida pero no a la vuelta. Pero se ve que hacen los parquecitos en tamaño XXL, porque cupe en ambos sentidos.
Hacer feliz a una niña es muy fácil. Sólo hay que querer y poner empeño.
Hacer feliz a un adulto… es imposible. Porque sólo depende de ese adulto, de su forma de conceptuar la felicidad, de sus prioridades en la vida, de su equilibrio y racionalidad… No depende de factores humanos externos… y es una pena, porque hay tantas buenas personas que no saben ser felices…

Oigo algo… una voz… me suena familiar… ¿Morfeo, qué Morfeo? ¡Ah, ya! Lo siento, olvidaba que tenía que dormir…

8 comentarios:

  1. Marina. Me encantó formar parte de ese grupo de cuarentones que te causaba en principio esa sensación de inseguridad y desasosiego ya que luego espero te hiciéramos sentirte mejor y disfrutar de una fantástica velada. Estás estupenda. Un besazo. Mariché.

    ResponderEliminar
  2. ¡¡¡Gracias, preciosa!!! Creo que todos nos sentimos menos cuarentones ese día. Un besazo.

    ResponderEliminar
  3. No se puede dudar, Marina, de cuál es el eje de tu vida, ni qué conforma tu centro de gravedad vital: tus peques. Me gusta mucho tu forma de escribir y el contenido de tus escritos va como anillo al dedo a tu apodo, nick o seudónimo. Hablas de licántropos y demás bichos raros, pero echo en falta las... cucarachas :-) Un abrazo.

    ResponderEliminar
  4. ¡¡¡Ni me las recuerdes, Pepe, que no hace ni cinco días me encontré con una del tamaño de un dinosaurio!!! Creo que les tengo más miedo que a los zombies X-D. Gracias, amigo. Espero veros en la próxima barbacoa que hagamos, que será muy pronto. Un besote para los dos.

    ResponderEliminar
  5. Desde la primera línea distinguí la mano de la autora (no olvides que hace años...en aquella época leí muchos escritos tuyos). Cómo se nota tu huella y cómo transmites los sentimientos. No sabes cómo me ha emocionado leer algo así de nuevo. Gracias por compartirlo sin querer.

    ResponderEliminar
  6. ¿Lourdes? ¿Susana? ¿¿¿Anónimo??? :-D Gracias, compañer@, ¡¡¡pero quiero saber quién eres!!! :-D

    ResponderEliminar
  7. Esa mezcla de sentimientos que tan bien describes,creo que nos acompañó a más de uno!!
    Fue un placer verte y un lujo total disfrutar de tu compañia y de la de TODOS.....
    Y recuerda...que no tenemos 40,siempre tendremos 18 con veintitantos de experiencia.....o treintitantos....o todos los que vengan...
    Lindo todo lo que escribes.....mil besos.Sara

    ResponderEliminar
  8. Muchas gracias, Sara. Llevas razón: al menos entre nosotros, siempre tendremos dieciocho años con algunos cambios. Un besazo, preciosa.

    ResponderEliminar