miércoles, 8 de abril de 2015

50. MAMI

Miércoles, 8 de abril de 2015.- Mami.

Comenzaré diciendo que la palabra más hermosa que he oído en mi vida es “Mami”. El motivo para dicha preferencia: que sale de los labios de mis hijas. Que la pronuncian con sus voces tiernas, sus notas agudas, su timbre a veces estridente. Que yo me llamo Marina y, por tanto, ellas son las únicas a quienes oigo llamarme MAMI, y es especial, el nombre más especial que nunca he tenido. MAMI. Porque me siento orgullosa de ser MAMI.
Si algunas personas entienden la maternidad como una obligación insufrible que no les permite hacer “su vida”, yo la entiendo, bien al contrario, como lo mejor que he hecho en la mía. El amor que siempre anhelé y ya no necesito porque ellas me lo han dado y me lo dan cada día. Los ojos que mejor me miran, los suyos. La confianza plena en mí, la suya. La seguridad que yo les aporto y la que ellas me aportan a mí. Esa necesidad de que las abrace, las acurruque, les diga cuánto las quiero. Y más. Todo lo que rodea a la maternidad es, para mí, especial. Hasta los enfados.
Llevo unos días leyendo artículos acerca de la “niñofobia”: negocios “kidsfree”, peticiones para alejar a los niños de los transportes públicos, protestas acerca de la presencia de niños en todas partes… Incluso celebraciones de eventos donde no se admiten niños.
Cuando, cada mañana, subo al tren con mis hijas para llevarlas al cole, he de decir que no veo, nunca he visto, ni una sola mala cara. Antes bien, sonrisas fugaces y otras que más que sonrisas son casi carcajadas oyendo la lógica pueril de sus respuestas y la curiosidad insaciable de sus preguntas. De todos modos, mis hijas están educadas para vivir en sociedad y respetan el entorno así como a los demás seres vivos, humanos o no. Sin embargo, bien podrían, a algún “antiniños”, molestarle precisamente esas vocecillas preguntonas que a otros arrancan sonrisas o que vayan por la calle imitando el ladrido de un perrito. Sé que hay niños ineducados y faltos de la atención de sus progenitores, es cierto. Como cierto es que estos niños, que tampoco tienen la culpa de carecer de valores, no son TODOS los niños. Aquéllos a quienes no les gustan los niños, además de olvidar que una vez lo fueron (e incluso, algunos también, que una vez sus propios hijos fueron pequeños), les molesta cualquier niño. Les molesta que entren en su ridícula parcela de mundo, según la van desplazando (tren, avión, bus, calle, tienda, restaurante… allá donde ellos se encuentren). Me pregunto si sienten la misma aversión hacia los adultos que ponen música, conducen de forma temeraria, llevan la mirada clavada en una pantalla mientras caminan por la calle, empujan en el autobús, escupen en la vía pública, se cuelan en la cola del supermercado… o simplemente, los adultos que hablan con otros adultos. Los que ríen a carcajadas, los que fuman, los que beben, los que desvarían, se ofuscan e insultan hablando de fútbol, los católicos que no toleran a los ateos y los ateos intolerantes con los católicos, los que miran de arriba abajo cuando no les gusta tu ropa, los que gritan hablando por teléfono… 
Hay muchos adultos molestos y, en comparación, muy pocos niños que realmente puedan alterar la paz de los antiniños.
Para mí son molestos los adultos que desprecien a mis hijas. Es una cuestión de prioridades, sin olvidar que niños, lo hemos sido todos, y entonces no nos gustaba que nos discriminaran.
Se trata, más bien, de incomprensión. Algunos de mis amigos y/o conocidos se compadecen de mí por “no tener vida”. Yo tengo vida. Tengo la mejor vida que he tenido nunca. Soy madre y como madre vivo. Y así quiero seguir viviendo. Ésa es mi vida, es la vida que yo quiero. Soy yo quien decide qué me hace feliz. Y mientras escribo estas líneas, mis hijas duermen en mi cama. Ya no lo hacen con ninguna excusa. Ya, simplemente, no me apetece llevarlas a dormir a su habitación. Ya lo pedirán ellas cuando se hagan mayores, y entonces añoraré estas edades. Mientras tanto, que ocupen la casa entera con sus sonrisas, que salten a mi alrededor, que no dejen de preguntar e interrumpirme mientras leo, que no paren de decirme qué música quieren oír, que no dejen de pedirme que me eche a su lado mientras se quedan dormidas, que sigan subiéndose sobre mí mientras vemos una peli, que las pelis sigan siendo infantiles, que no dejen de llamarme para todo y a todas horas, que sigan equivocándose para poder llegar al acierto, que no dejen de bañar a sus peluches aunque inunden el baño, que me enojen, que me hagan reír, que me hagan dudar sobre mi capacidad como madre, que me descoloquen, que no dejen de corretear y de caerse y de volver a levantarse, de pedirme tiritas para heridas invisibles… Que no dejen de ser mis niñas. Que a mí no me molestan.
Los niños del hoy son los adultos del mañana. Cuanto más feliz sea un niño hoy… menos le molestarán los niños mañana.

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