lunes, 3 de agosto de 2015

52. ¿CONCILIAQUÉ?


Viernes, 31 de julio de 2015.- ¿Conciliaqué?


Llevo más de tres años desempleada, casi la edad que tiene mi hija pequeña. En este tiempo, sólo he sido convocada  a una entrevista de trabajo. He perdido la cuenta de los currículos enviados. Estoy asistiendo a orientación laboral en dos centros diferentes e inscrita en empresas de trabajo temporal así como en páginas de búsqueda de empleo por Internet. He solicitado varios cursos de formación, tanto remunerados como no, y sólo pude hacer uno (no remunerado) que tampoco me sirvió como lanzadera para la reinserción laboral. Si ya es difícil para cualquier persona, en estos tiempos que corren, encontrar un trabajo, sea o no acorde a tus necesidades, más aún lo es para una madre soltera con dos hijas en edad escolar y sin colaboración para su cuidado, crianza y educación.
La pasada semana me encontré, de nuevo, con la “comprensión” de la sociedad ante las necesidades de las madres de cualquier tipo, pero más aún de las que se encuentran en mi situación.
Mis amigos Óscar y Saray me enviaron la información de un curso remunerado de Monitor/a de Fitness, la que fuera mi profesión durante quince años, convocado por el IMFE. Si bien mi actual estado de salud me impide dedicarme al deporte como lo hiciera antaño, no descarto volver a escena de forma más moderada y adaptando el trabajo a mi condición presente. Me ilusioné con el proyecto, sobre todo porque podía reciclarme y “resetear” el curriculum, cosa que no puedo hacer por mi cuenta y riesgo porque la primera está tan vacía que todo sería el segundo. Lo solicité, y me convocaron a la entrevista. Presenté el currículo y entablé una corta conversación con los entrevistadores (tres hombres), durante la cual les expliqué, al contarme ellos que el curso se llevaría a cabo por las tardes en horario de tres y media a ocho y media, que para mí era imposible a esa hora. Me preguntaron por qué. Les expuse mis motivos. Se miraron los tres, y volvieron a mirarme a mí. Me dieron ganas de abofetearles, pero ni les conozco de nada, ni soy violenta, ni puedo culpar a tres hombres encastrados en la sociedad española de no comprender la maternidad y la educación y las necesidades de dos niñas pequeñas. Así de claro. Me dijeron que, en caso de ser seleccionada, tendría que firmar la renuncia al curso. No me ampliaron esta información, y supuse que, de serlo, simplemente se entendería que no puedo y a esperar otro curso similar pero en horario matinal. Cándida criatura, más inocente no puedo ser… Me avisan de que he sido seleccionada. Llamo de vuelta: “Como ya expliqué en la entrevista, tengo dos niñas pequeñas y me es imposible asistir a un curso en horario de tarde”. La señora al otro lado de la línea me responde: “Entonces tendrá usted que venir de nuevo a firmar la renuncia al curso, pero, claro, se la penalizará”. Ojiplática, pregunto: “¿Penalizarme? Ya dije que no podía”. De nuevo responde ella, una funcionaria que, imagino, tendrá su cómodo horario de ocho a tres que le permite cuidar de sus hijos por la tarde, si los tiene, y le deja poco espacio a la empatía: “Sí, ya, es que en su caso es imposible justificarlo”. Demudada, me pregunto: ¿¿¿Imposible??? ¿Es que hay que JUSTIFICAR el tener que educar, criar, cuidar y proteger a tus hijas menores? Cuando fui a firmar la renuncia, un par de días más tarde, me atendió el mismo funcionario que se encontraba presente durante la entrevista junto a los otros dos señores. Me dijo que sería penalizada con un año sin poder solicitar ningún curso. Y de nuevo oí el verbo “justificar”. En un contexto extraño: “Es que si fuese un familiar enfermo… Pero, claro, ¿cómo justifica que tiene que cuidar de sus hijas?”. Cuando salí de allí, lloré. De pena hacia mí misma, de rabia hacia esa sub-especie de la raza humana que son las personas sin empatía con la maternidad (a quienes han debido de criar una manada de gorilas, o jamás han respetado la labor de sus madres), de impotencia ante una sociedad enferma de incomprensión, de corrupción y paupérrima en valores, y de asco. Sí, también de asco. Porque es lo que me hace sentir la actitud de quienes desprecian a quienes nos sentimos orgullosas de educar, criar y cuidar a nuestros hijos: ASCO.
Al día siguiente, me llamaron para concertar conmigo una entrevista de trabajo a través de la Fundación Adecco. Si bien la orientadora que lleva mi expediente conoce mi situación, la señora que me llamó desde la empresa en cuestión me convocaba a una entrevista por la tarde: “Me resulta imposible. A menos que pueda llevar a mis hijas, no podrá ser en ese horario”. Respuesta: “No, claro, con las niñas no puede venir ¿Y otro día?”. Mi contestación es la misma: da igual el día, no puedo por la tarde. Se queda callada unos segundos: “Bien, dejo por aquí su curriculum para cuando hagamos entrevistas por la mañana”. Abajo, palos del sombrajo. No sé para qué madruga tanto la gente si, al parecer, esta gran nación no funciona por las mañanas.
Vivimos en un país de doble moral, una sociedad hipócrita que nos vende el sueño de la familia y nos despierta de él a hostia limpia. Yo nunca sucumbí a ese sueño hasta que nació mi hija mayor, máxime después del nacimiento de la menor. Sin embargo, mi familia es diferente a la establecida en los cánones: mis hijas y yo. Aun así, tengo muy claras mis prioridades, y ellas están por encima de todo. No es ya que no pueda, que también: es que NO QUIERO que las eduque, las críe y las cuide nadie más que yo. Las parí yo, y quiero ser yo quien las ayude a crecer. Si mis hijas, el día de mañana, son útiles a la sociedad, no será gracias al sistema, será gracias a mí. Y ese sistema que, en un futuro, podrá contar con dos personas felices, equilibradas, inteligentes, autónomas y capaces, me lo deberá a mí, a la misma a quien no para de ponerle zancadillas para evitar su progreso. A mí y a miles de mujeres que se encuentran en mi misma situación y que no desean delegar su maternidad en nadie. Este país de hipócritas no quiere envejecer, quiere personas preparadas para poder desarrollar una labor efectiva y eficaz el día de mañana, pero si no hay progenitores sensatos y con sentido común que se hagan cargo de la educación de sus hijos, difícil lo tiene este país que no ve justificación en la crianza de los mismos. Es indignante y ofensivo que se desprecie la labor de las madres que defienden ser las criadoras de los hijos que parieron ¿Quién ha criado y educado a la mayoría de la población en las últimas décadas? Porque la mal entendida liberación femenina no tiene tantos años. Y digo mal entendida porque en el saco de la liberación se ha metido también “librarse” (más que liberarse) de los hijos, como si fueran una carga pesada e inasumible. Esta sociedad hipócrita no entiende que una mujer que quiere ser profesional también quiera ser MADRE (no sólo paridora), pero sí entiende que una o dos personas de más de 60 años se hagan cargo de niños pequeños que no trajeron al mundo, más por obligación que por amor aunque de ambas haya. No es normal que una mujer quiera trabajar sólo en el horario escolar de sus hijas (por amplio que éste pueda ser) y se niegue a abandonarlas por la tarde, pero sí es normal que los hijos se críen con personas que no tomaron la decisión de tenerles, se trate de quien se trate. Esta sociedad hipócrita quiere personas capaces, pero que se eduquen por sí mismas; que vivan con carencias afectivas, o que vivan con carencias económicas; quiere natalidad, pero como meros números en el censo. Mis hijas necesitan comer, vestir y un techo, pero también necesitan amor, comprensión, apoyo, guía, límites, ejemplos, ayuda, mimos, cariño, juego, rutinas, acompañamiento… Me necesitan a mí. Como tantos otros niños y niñas que necesitan a sus madres. Pero eso no lo entienden un sistema y una sociedad habitados por seres que olvidan que, a ellos, también los criaron sus madres.


No hay comentarios:

Publicar un comentario