domingo, 30 de agosto de 2015

MICRORRELATO: LA ESFERA ESQUIVA


Cuanto más la miraba, más seguro estaba de no llegar a encontrar tanta belleza así recorriese el mundo entero. Sólo eso, mirarla, provocaba en él una corriente a lo largo de toda su columna vertebral: temblaba de emoción, como un crío en víspera de Navidad. Se le erizaba el vello en los brazos, incluso sentía frío cuando le rodeaba la oscuridad e imaginaba que ella brillaba con luz propia, tanto como para devolverle la visión en medio de la noche. A pesar de su frialdad, a él le parecía cálida. Percibía su mirada en la distancia, muchos metros de distancia, tantos que jamás le sería posible llegar hasta ella. Pasaba horas quieto, contemplando su brillante lividez, su forma, su rostro nítido. Y sufría amor.
Pero ella coqueteaba con todos, y a veces se ocultaba, otras veces se asomaba, con timidez e inseguridad, para comprobar si él seguía ahí, mirándola. Algunas noches, muy pocas noches, se le acercaba tanto que casi podía abrazarla. Aunque ese abrazo nunca llegaba, porque rápidamente volvía a alejarse, dejándole solo con su dolor y con la tristeza de quien nunca verá su amor correspondido.
Una noche se atrevió a decirlo en voz alta: “Te quiero, Luna”.
Y comenzó a llover.

A mi amigo el Canijo, el hombre enamorado de la Luna.


No hay comentarios:

Publicar un comentario