domingo, 15 de noviembre de 2015

55. EL ABANDONO

Viernes, 13 de noviembre de 2015: El abandono.

Vaya por delante que no es mi intención ni criticar ni juzgar a nadie. Sólo quiero expresar mi punto de vista porque esto me está doliendo desde ayer. Como preámbulo, explicaré que mis hijas llevan un par de días teniendo pesadillas en las cuales a mí me ocurre algo que ellas no pueden evitar. Mi suposición es que tienen miedo a quedarse solas, pues coincide con que hace un par de días asistí a una reunión de la PAH en el centro, y fueron mis hermanas quienes las recogieron a la salida de la clase de natación. También ocurre que el miércoles a mediodía, justo el día después, tuve que llamar al padre para que fuese a recogerlas al cole porque mi coche no quería arrancar. Mis hijas están acostumbradas a que sea su madre omnipresente, omnipotente y omnisapiente, no se plantean mi ausencia, mi incapacidad ni mi ignorancia. Y aunque les repito una y otra vez que soy humana, debe de ser que no me creen y siguen viéndome como una especie de máquina. Me duele pensar en cómo se sentirían si yo no estuviera siempre para ellas. Pero estoy. Estoy porque yo ya tuve vida propia antes de hacer de sus vidas la mía, y ahora me toca estar siempre o lo máximo posible, que es ausentarme en las raras ocasiones que les provocan esas pesadillas. Repito que no pretendo juzgar a nadie. Ésta es mi opinión: que para ser madre (hablo de maternidad porque soy madre, no padre), hay que serlo pensando siempre y únicamente en los hijos y en sus sentimientos. Los adultos sabemos afrontar la vida. Los niños, no.
Ayer, antes de entrar a la clase de natación, estaba con ellas en un parque frente a la puerta, viéndolas jugar. Llegó una señora mayor con su nieto, el rostro enjuto, los labios en una mueca de disgusto, probablemente cansada de hacer de niñera cuando ya ha tenido que criar a sus propios hijos. Venía diciendo a su nieto, un niño que está en la piscina con mis hijas, que se comiera el bocadillo antes de ir a los toboganes, voz desagradable y gesto desagradable. La imagen de abuela que todos tenemos, o al menos es la que tengo yo por mi madre y las otras dos abuelas de mis hijas, es la de una señora dulce y cariñosa con los nietos, que muere por verles sonreír y les mima y arropa cuando lo necesitan y cuando no. El niño estuvo un rato jugando con mis hijas y otros niños, y cuando tocó, entramos a la piscina.
Ya a la salida, mientras yo secaba con la toalla a Ángela y Valeria, vi que esta misma abuela, justo a nuestro lado, comenzó a impacientarse porque quería poner la toalla a su nieto como capa, y el niño quería ponérsela de otro modo. Sin darle tiempo, ni voz, ni voto, ni opinión, ni nada, tironeó con él usando los puños contra el pecho del niño para que soltara la toalla, tirones de oreja y amenazas continuas. Yo les miraba. Mis hijas les miraban. Cómo será cuando nadie les mire… El niño sólo fruncía los labios, la miraba fijamente y se agarraba con fuerza a la toalla. De no estar mis hijas presentes, puede que me hubiera poseído el demonio y le hubiese soltado un capón a la doña, totalmente inapropiado, pero era lo que me apetecía en ese momento. Como sé que ni es un proceder correcto ni sirve para nada, puse una mano con suavidad sobre la mano de la abuela, y con la otra cogí la toalla del niño, y le dije con una sonrisa: “A ver, que pegando no vamos a conseguir nada, además ya está enfadado”. Me puse a la altura del niño, y le pregunté qué ocurría, le acaricié la barbilla, le pedí que sonriera y, cuando lo conseguí, le puse la capa como a su santa abuela se le había puesto en el moño. Le acaricié la cabeza y le dije: “Oye, Ángela me ha dicho que eres muy buen chaval, yo estoy segura de que lo eres, porque mi hija nunca miente. Ahora, le explicas a tu abuela cómo querías ponértela para que la próxima vez ella te escuche, ¿vale?”. La abuela se mantuvo totalmente al margen, pero se fue refunfuñando, diciendo que NO era un buen niño, que NO era bueno, que “es más malo que un doló”… No es fácil convencer a alguien de que NO has hecho magia, sólo has sido amable, y por eso el niño también lo ha sido. Unos minutos después, cuando Ángela y él se secaban el pelo frente al espejo, mi hija le preguntó por qué a mí sí me había dejado ponerle la toalla como capa, y le respondió: “Porque tu madre es buena” ¿Me conoce, acaso, ese niño que me había visto ayer por primera o segunda vez en su corta vida? De nada en absoluto. Pero en su abuela percibía hostilidad, y en mí percibió lo contrario. Por cierto, Valeria estaba a su bola, intentando hacerse una cresta de gallo en el pelo.
Nos empeñamos en creer que los niños merecen menos respeto que los adultos, en etiquetarlos, en estresarlos y, en definitiva, en proyectar en ellos todo lo que NO soportamos que proyecten en nosotros mismos. Nos rasgamos las vestiduras si un hombre golpea a su pareja, pero permitimos que se golpee a los niños continuamente. No toleramos que nos griten, pero a los niños sí les gritamos.
LOS ADULTOS SOMOS UNA PANDA DE COBARDES.
Y unos ignorantes.
Para ser amable y respetar a las personas de su entorno, un niño necesita exactamente lo mismo que un adulto: amabilidad, respeto, comprensión y aprecio.
Después, me fui con el corazón encogido, pensando en cómo añorará ese niño a su madre cuando la abuela le trata como si fuera un muñeco viejo, si sabrá su madre qué trato recibe su hijo y, peor, mucho peor aún, si recibe el mismo trato esté con quien esté. Me dolía pensar en la sensación de abandono que este niño puede tener siempre, la falta de comprensión, la necesidad de hablar y que no se lo permitan…
Y cuántos niños hay criándose como él.
No hace falta dejar solo a un niño para que éste se sienta abandonado. Un acompañamiento incorrecto también puede producir la misma sensación en él.
Puede que algún día dejemos de creer que lo único que necesitamos para tener un hijo es poder parir y dinero para vestirle y darle de comer. Un hijo tiene una necesidad mucho mayor que la alimentación: EL CARIÑO.

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