lunes, 16 de noviembre de 2015

56. TENGO MIEDO

Imagen de: www.hoy.com.py
Domingo, 15 de noviembre de 2015: Tengo miedo.


No, no siento el miedo que los medios de comunicación tratan de inculcarme. No tengo miedo a que venga un terrorista y me aniquile. Tengo miedo a algo aún peor: la estupidez humana. Me aterra la estupidez humana.
En la noche del viernes, un centenar de personas fueron vilmente asesinadas en París. Lamentable y triste. Al día siguiente, el alarmismo ocupaba las primeras páginas de los periódicos, los programas de televisión y radio, y, como no, las redes sociales. Las redes sociales, esos lugares de encuentro virtual donde cualquier idiota (tal vez, como yo) puede opinar lo que quiera y ser creído. Cuando la opinión apunta a la tolerancia y la comprensión, e invita a la reflexión, la leo con placer. Pero cuando esas opiniones vienen de quien se ha dejado llevar por el calor del momento, al abrigo del anonimato, TIEMBLO DE MIEDO. Porque otros lo leen y se lo creen. Y ya sea pidiendo la decapitación de una etnia o que arrasen a tiros un país, hay quien aplaude a esos idiotas. Y tiemblo de miedo, porque una minoría inteligente es insultada por una mayoría estúpida, cuando intenta arrojar luz sobre la situación.
Miedo siento cuando veo cómo una parte del mundo se vuelca en condolencias por las víctimas occidentales y ni pajolera idea de que, dos días antes, había ocurrido lo mismo en un país no tan lejano como cabría suponer o que a diario está ocurriendo en otros dos países pero, claro, no europeos. Ni americanos, que también nos tocaría la fibra sensible (pese a los miles de kilómetros que nos separan) ¿A qué responde esta diferenciación? Xenofobia. No racismo, no. Xenofobia. No consideramos “extranjero” al que tiene rasgos parecidos a los nuestros, similar tono de piel, nuestras costumbres… Hemos llegado a tal punto de estupidez, que el “extranjero” sólo es aquel que no tiene nuestro estilo de vida ni comparte hábitos con nosotros. Libros como “Ensayo sobre la ceguera” cobran mayor significado, aún, en estos tiempos de idiotez virtual. Y no es una xenofobia mamada en la cuna, ni siquiera sentida; es una xenofobia creada. Nace del miedo que nos inculcan a través de las miguitas que nos han ido dejando a lo largo de los años. Leía, en uno de esos comentarios de red social, uno de la minoría inteligente, el principio de la técnica de la manipulación: problema-reacción-solución. La mano en la sombra crea un problema y espera. Cuando consigue su objetivo, lo difunde y magnifica creando alarmismo. Aquí no tiene que esperar mucho, pues gracias a internet, la reacción de la población no tarda en llegar; el miedo hace que esta reacción sea desproporcionada e irreflexiva. Entonces, la mano en la sombra obtiene su excusa y propone la solución, a salvo de la mala prensa y las críticas contrarias, que sólo vendrán de alguna que otra mente pensante. Si la solución pasa por asolar un país, como ocurrió con Afganistán y con Iraq, sin problema: los occidentales no lamentaremos las bajas civiles, porque ya nos han inculcado el miedo al extranjero y no distinguimos entre gente de paz y gente de guerra, que les vemos a todos iguales y ni nos paramos a pensar que también son seres humanos, provistos del mismo equipaje que nosotros, sentimientos, vidas, familias, hijos… Incapaces de empatizar con el “extranjero”, nuestra diarrea mental y la confusión que provoca el miedo que nos han metido a cucharadas soperas, nos llevarán a ponernos una banderita del país vecino lamentando las muertes de cien personas mientras decimos “A tomar por culo un país entero” sin pena alguna por otros cientos de miles de ¡¡¡ personas !!!
Y todos esos comentarios generan opinión, influyen en quien los lee. Desgraciadamente, influyen más los que hablan de muerte y venganza que los que hablan de reflexión y raciocinio. Estos últimos, por supuesto, no hablan de razonar con terroristas: hablan de razonar sobre quienes no lo son y también caerán. Y sobre quienes ya han caído, y nadie se enteró, en una guerra civil que ya dura cuatro años. Los leo con una mezcla de pena y alegría: alegría, porque sigue habiendo humanos; pena, porque serán insultados en lugar de ser escuchados. 
Entono el mea culpa, por supuesto. Yo no me entero, de la misa, la media. Suelo desconfiar de los gobiernos y he sido tachada en no pocas ocasiones de conspiranoica. Y, oigan, no me apeo del burro. Pero con conflictos como, por ejemplo, el de Ruanda, tuve que ver la película para enterarme realmente de qué iba el tema. Vivo en esta sociedad y padezco la misma estupidez. El de Afganistán ya me cogió mayor y lo traía más mascado. Empecé a reflexionar, a documentarme, a leer sobre el conflicto bélico (entonces no existía Facebook, afortunadamente, porque no hubiera podido soportar tanta bandera de USA), Rusia, los talibanes, el oleoducto del que varios países, entre ellos el nuestro, querían beneficiarse, la oposición del gobierno afgano…
Esa mala costumbre de leer y reflexionar nos guía hacia algunas verdades incómodas, como los acuerdos previos a una guerra (venta de armamento, contratos de reconstrucción…). Pasteles que se reparten entre los cuantos de siempre, y ninguno es víctima de los tiroteos o los bombardeos. Ésos siempre son los civiles paupérrimos que acabarán más paupérrimos, si cabe, o muertos bajo una pila de escombros.
Pero somos tan estúpidos que no nos importa. Porque el miedo indigesto sigue sin dejarnos pensar, y preferimos a cien mil civiles inocentes muertos en la gentil puñeta que a uno solo en cualquier país europeo. Y no sólo el miedo: el miedo, pero también la ignorancia, que lleva a muchos de esos que generan opinión a confundir musulmán con fundamentalista, yihadista, terrorista… Y atrévete a decir que no es lo mismo, que, en un magnífico alarde de redacción chonibajera, serás insultada y tachada de ignorante. Ay, mundo éste…
La opinión pública, hoy en día, es opinión del público y para el público. Imagino que Mark Zuckerberg sólo pensaba en forrarse, y se le fue de las manos. O no. Es la octava fortuna del mundo, ahora mismo (de nada, Mark). Igual también le interesa que tengamos un poquito de miedo. Ni idea. La cuestión es que estas redes se han utilizado para manipular al público con mayor facilidad aún: somos nosotros mismos quienes nos vamos convenciendo, unos a otros, de la “verdad oficial”, la que quieren contarnos. Unos a otros nos vamos pasando el mensaje, como aquel juego de cuando niños: empiezas por decir “el perro baila al son de la música” y acabas interpretando “mi tía ha hecho potaje de judías blancas”, con la diferencia de que esto no es un juego, es la vida, y hablamos de las vidas de otros con una ligereza y una frialdad que contrasta con la pasión que lo motiva. Matan a cien personas y, como nos duele, hablamos de matar a cien mil. Y no me refiero, por supuesto, a los terroristas. A ésos, que los zurzan.  Creo que, a estas alturas, ya se entiende que hablo de niños sirios que, en estos momentos, no sabrán qué va a ser de sus vidas. Aunque puede que ya se hayan acostumbrado: porque llevan mucho tiempo viviendo el mismo horror que se vivió el viernes en París. A diario. El horror de una guerra. Y ahora, vienen los occidentales a “mejorar” su situación. Espero que, esta vez, no les pongan esos ridículos nombres a sus “misiones de paz” (Justicia Infinita, Libertad Duradera…) que, además, faltan a la verdad, pero que calan en la sociedad en plan “Ufff, estamos salvados, llegan los americanos”, como ocurriera entonces y en tantos conflictos. Y cualquiera habla de quién vendió las armas a quienes ahora son el objetivo: ¿quién nos va a creer? Si Bashar al-Assad lo avisó hace dos años, es algo que no interesa releer. Capaces serán de decir que eso es Historia. (Bashar al-Assad - 2013) Y conste que tampoco es que hablara un corderito.
Bombardean hoy, bombardearán mañana, llegarán los refuerzos, nos meterán a todos, y, dentro de un mes, en las redes sociales nadie se pondrá la bandera de Siria por los miles de inocentes muertos, porque ésos hablan raro y creen en cosas que no entendemos. Es más: dentro de un mes, ya no hablaremos de nada de esto, porque habrán corrido la cortina de humo y, como vulgares insectos, nos habremos dirigido hacia la luz que nos enciendan en otra parte.
Pero esto no es más que la opinión de otra idiota, una de las mayores idiotas, porque osa llevar la contraria a la manipulación de la mano en la sombra. Idiota más grande no hallarán sobre esta Tierra que más se mueve por el poder y el dinero que por las fuerzas gravitatorias. 


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