domingo, 6 de noviembre de 2016

57. SOCIEDAD Y EDUCACIÓN


Domingo, 6 de noviembre de 2016: Sociedad y educación.
Vivimos en una sociedad incoherente, hipócrita, productora de falsas expectativas y, por ende, frustrada, que acusa al bueno y venera al malo, borrega, “agachada”, como decía un viejo amigo. Seguimos viviendo en la sociedad que describiera Miguel Delibes en sus Santos Inocentes, esa sociedad en la que el dinero te obliga a quitarte la gorra y el poder exime de culpa al delincuente. Es una sociedad cada día más confusa ante los valores, los verdaderos valores. Si no engañas, te llaman imbécil y, si lo haces, eres listo, y, sin embargo, nadie quiere ser engañado porque es una sociedad carente de empatía y, por tanto, lo malo sólo está bien cuando le ocurre al vecino, pero no cuando me ocurre a mí. Pero lo peor de esta sociedad es que hay quien la defiende entre los más afectados por ella. Y educan a sus hijos en la obediencia a esa sociedad sin darse cuenta de donde viene, en realidad, el interés por esa obediencia.
Si el mundo no hubiera cambiado, si el ser humano no hubiera evolucionado, aún seguiríamos quemando “brujas” en la plaza del pueblo y se cortarían cabezas ante los ojos de los niños. Y nos parecería normal. Afortunadamente, ya sabemos que la Tierra gira alrededor del sol, que el estornudo no es síntoma de posesión demoníaca sino de resfriado, y otras explicaciones científicas que, entonces, negaba la corrompida Iglesia a su antojo. Somos modernos, hemos evolucionado, somos racionales y ya no nos comportamos como salvajes.
¿O sí?
Me centraré en esa supuesta evolución. Hoy en día no nos parecería lógico lapidar a una persona porque alguien la ha señalado como delincuente, sin derecho a réplica. De hecho, llamamos salvajes a quienes aún lo hacen en sociedades que consideramos menos evolucionadas. No nos parecería lógico que dejasen de investigar sobre posibles soluciones a enfermedades mortales. No nos parecería lógico que dejasen de invertir en tecnología. Eso es evolución, ¿no? Sin embargo, la educación no evoluciona. Es decir, lo más importante, la base, seguimos intentando mantenerla como siempre: para qué cambiarla, qué incomodidad. Porque de las leyes se encargan los legisladores, de las sentencias, los jueces; de los medicamentos se encargan los laboratorios y de la tecnología, los ingenieros; de la moda, los diseñadores y de la comida, los agricultores y toda la cadena que les sigue después; de los edificios, los arquitectos. Etcétera. Pero de la educación nos ocupamos todos. O deberíamos. Y por eso no evoluciona. Es incómodo, hay que esforzarse en procurar la evolución, nadie va a hacerlo por nosotros. Así que, ¿por qué cambiarla? Me hierve la sangre cuando oigo barbaridades como “una hostia a tiempo”. Qué fácil es no estar, no pensar, no reflexionar, no acompañar, despistarse y, cuando algo no va como queremos, toma hostia. Para empezar, un niño no es una extensión de nosotros mismos, sino un ser independiente con su propio carácter, sus propios gustos, sus propios sueños… Siempre digo que, antes de ser madre o padre, hay que pensar muy bien si de verdad se está preparado para aceptar a un ser diferente y sin las expectativas típicas y tópicas. Educar no es reprimir, no es imponer. Es lo que nos han contado desde pequeños: “obedece, obedece, obedece”. La obediencia nos anula, nos convierte en discapacitados ante la reflexión. Nuestros hijos tienen que ser felices, saber distinguir entre lo correcto y lo incorrecto, aprender a decidir qué es lo mejor para ellos. Nosotros no somos ellos, sino sus guías. Y un guía no puede obligar a nadie a continuar el camino ni a palos, ni a gritos ni por obligación. La infancia es un camino que ha de seguirse sintiéndose feliz, pero aprendiendo a respetar y a ser respetado. A ser respetado. Pero, ¿por qué vamos a enseñar a los niños a ser respetados, si luego exigirán ese respeto? Como adultos, nos gusta que nos respeten (hacerlo nosotros, ya, es otra historia): desde que no se nos cuelen en la caja del supermercado hasta que no nos insulten gratuitamente, pasando por cualquier forma de falta de respeto. Por poner un ejemplo simple, dejar hablar y que no nos interrumpan cuando nosotros lo hacemos. Sabemos que la mayoría de edad para empezar a conducir, comprar alcohol y tabaco, disponer libremente de ingresos, y otros menesteres, tiene el umbral en los 18 años ¿Y para el derecho a réplica, cuál es la edad? En clase, a callar; en casa, a callar; en la calle, a callar. Pero el adulto puede hablar cuanto quiera e interrumpir cuando guste. Amigos, un niño no es un malcriado si expone sus argumentos, siempre que respete su turno de palabra. Es más: un niño bien educado (y no hablo de modales, sino de una correcta educación) aprende a pensar y decidir por sí mismo, aprende a ser autónomo en todas las facetas de su vida (no sólo en las que más nos convengan a los adultos de su entorno) y aprende a NO OBEDECER, sino proceder en la forma más correcta comprendiendo que vive en sociedad y que no todo vale, ni para él ni para los demás. Pero, ay, eso requiere tiempo, dedicación, esfuerzo, sensatez, capacidad de reflexión… y todo ello, por parte de los adultos. Uffff, qué incomodidad, con lo fácil que es dar un grito y decir “Te callas porque yo soy mayor que tú”, y así tenerles calladitos, sin molestar, sin moverse, sin protestar, sin hablar y, en fin, sin ser niños. Sinceramente: lo más práctico, para no escuchar a un niño mientras es niño, es NO tener niños. Porque si vamos a menospreciar al niño, de una forma en que jamás se nos ocurriría menospreciar a un adulto, mejor no tener niños. Y vuelvo a la sociedad hipócrita y superficial. Comprar, adquirir cosas materiales que no nos harán felices ni a ellos tampoco, y trabajar como esclavos para tener todo eso, abandonando, así, el acompañamiento responsable que requiere la educación de nuestros hijos. Y como no hay tiempo para la dedicación parental, resumimos la educación en “lo que yo diga y punto”. Así, un niño no comprende por qué no debe empujar a su compañero en la fila para colarse, ni entiende por qué no debe colarse. No entiende que tenga que ser el único responsable de su agenda escolar, que el móvil de mamá y papá y su “whatsapp” no están para resolverle a él su falta de autonomía. No entiende por qué no debe gritar o alborotar en clase ni por qué debe respetar como le gustaría que le respetasen. No lo entiende porque nadie se lo explicó. En el cole, ya que tienen que ir, lógicamente, educados desde casa, también van a gritarles, a humillarles y a callarles sin más, con el agravante de que allí hay docentes que llevan conectado el chip anti-malcriados y meten a todos en el mismo paquete, por tanto, en función de cómo tenga el día, humillará al que no está correctamente guiado y al que sí lo está porque, qué puñetas, “ya llevo muchos años en esto y sólo me motivan las vacaciones de más de dos meses al año”. NO TODOS, DEO GRATIAS. Pero sí demasiados. Y esta evolución, desgraciadamente, los padres y madres no la consideran necesaria porque implicaría una intervención y un esfuerzo también por su parte. Y críticas de quien no esté de acuerdo, más incómodo aún, con lo bien que se está hablando de majaderías intrascendentes. Entiendo que la mayoría de los docentes estén hasta las narices de los cambios legislativos en materia de Educación, que no den abasto en clase con más niños de los que caben en el aula, con más materia de la que se puede abarcar en nueve meses, de padres y madres que pretenden que sea el cole quien se ocupe de la educación de sus hijos… Entiendo la frustración de muchos docentes. Y entiendo la frustración de muchos padres. Los docentes deben ser escuchados y respetados; los padres y madres deben ser escuchados y respetados; y los niños, sí, también los niños deben ser escuchados y respetados. Y seguimos viviendo en los años sesenta, cuando al cura, al alcalde, al médico y al profesor se les tenía que tratar con un respeto que para los demás no tenía por qué haber. NO. El respeto siempre tiene que partir del respeto. Si yo no te grito, tú no me grites. Si yo no te robo, tú no me robes. Si yo no te interrumpo, tú no me interrumpas. Empatía y respeto. No es tan difícil. Faltar el respeto a un niño es humillarle ante sus compañeros, empleando sarcasmos, por ejemplo, o comparaciones, etc. No es tan difícil ponerse en el lugar de un niño, simplemente preguntándonos “¿Me gustaría a mí que me lo hicieran?”. Hay miles de formas de mostrar el camino, no hay por qué elegir la peor de todas. Todos merecemos respeto, no sólo los adultos. Abandoné Magisterio porque un verano, trabajando en un campamento infantil, grité a un grupo de niños porque me estresé. Me sentí tan incapacitada para la docencia, que no quise seguir adelante. Tal vez fui extremista, pero no quería llegar más lejos si no iba a ser capaz de controlarme en un mal día. Porque ellos no tienen la culpa de cómo nos sintamos nosotros. Los niños son seres inocentes que no comprenden las dificultades de los adultos. Y todos hemos sido niños, pero ellos aún no han sido adultos.
Ahora mismo, entre los miles de aspectos negativos que aún tiene el Sistema Educativo y que llevan a cada vez más alumnos al fracaso escolar, se ha centrado el debate en los deberes, las tareas para casa. Vamos a ver, es muy sencillo: ¿acaso gestiono yo el tiempo que mis hijas pasan en las aulas? NO. Pues sólo pido que, una vez que mis hijas están fuera de ellas, me dejen a mí gestionar el tiempo que van a estar conmigo. Precisamente porque su principal educadora soy yo y no delego mi responsabilidad en nadie más. Un filón para los docentes, oigan; y, sin embargo, mis hijas traen tareas a casa. Ojo: saben muy bien que, en clase, tienen que aprovechar el tiempo. Valeria ha entrado este curso en Primaria; pero sobre Ángela puedo decir que, a mayor cantidad de deberes, menos rinde y peores resultados obtiene. Porque ella necesita tiempo para ser niña. Mis hijas aprenden, no me hace falta un examen para saberlo: me preocupo por comprobar, a diario, su desarrollo en todos los aspectos. Como ellas, muchos otros niños necesitan tiempo para ser algo más que estudiantes, así como hay niños cuya mayor o única preocupación es estudiar. Porque todos ellos son diferentes, entre ellos y a nosotros. Y por eso deberíamos adaptar la forma de aprender, al menos, si bien no es posible dentro de las aulas, fuera de ellas. Si un padre o una madre está de acuerdo con las tareas y sus hijos las hacen (aunque con ello no se garanticen siempre buenos resultados), ¿por qué no podemos, otros, decidir que nuestros hijos no las hagan, considerando también que es lo mejor para ellos, sin que esto suponga un perjuicio para nuestros hijos al día siguiente? Como bien dice mi amiga y gran profesional de la Psicología y la Educación, Carolina García, LIBERTAD de decisión y actuación. Porque somos quienes mejor conocemos a nuestros hijos. Eso sí, quien esté implicado. Porque a quien no, seguramente, le dará igual.
Vaya por delante, con todo lo dicho en estos últimos párrafos, que NO ESTOY CONTRA LOS DOCENTES, ESTOY CONTRA EL SISTEMA QUE LES ESTRESA A ELLOS, A NUESTROS HIJOS Y A NOSOTROS. Pero la mejor forma de cambiarlo NO ES aceptar que las cosas son así y ya está, inventar sobre una imaginaria guerra de dos bandos, sino analizarlo, reflexionar y tratar de adaptar el aprendizaje y la educación en los centros y en casa a los menores teniéndoles en cuenta como personas independientes de todos nosotros. Evolucionar.
Cuando me dicen “A mí me educaron así y soy normal”, me río mucho; eso sí, para dentro, no siendo que ofenda ¿Acaso vivimos en un mundo de personas que actúan correctamente? ¿Cuántos accidentes en carretera hay al día por culpa de descalabrados que han salido tarde de casa pero quieren llegar antes que nadie? ¿Cuántas muertes a manos de personas que se creen por encima del bien y del mal? ¿Cuántos robos, y no digo ya robos, sino también trampas que acaban en perjuicios económicos para todos, llámese robo directo o defraudar a Hacienda? Y así, podría seguir enumerando muchísimos pequeños y grandes actos que nos convierten en una sociedad poco evolucionada para los milenios que lleva ya el ser humano sobre la Tierra ¿De verdad queremos creer que todo delincuente es un psicópata? Los juzgados están hasta la bandera de casos (penales, civiles, administrativos…) ¿Todos de psicópatas? NO, la inmensa mayoría son de personas con valores confundidos, equivocados, con una educación incorrecta. Evolucionar es necesario, también en materia educativa. Sobre todo en materia educativa. Abrir la mente, cambiar lo que no funciona, no quedarnos en culpar a otros, sino implicarnos en cambiar todos. Si a todos nos hubiera ido tan bien como aseguramos, no estaríamos lamentando tantas cosas hoy en día. La evolución de la educación es incómoda para todos, requiere esfuerzo por parte de todos. Pero es NECESARIA.  Porque cada vez nos preocupamos menos por entender nuestro entorno y más por que nuestro entorno nos entienda, cada vez entendemos menos la bilateralidad de las relaciones sociales, cuando deberíamos haber evolucionado mucho más en este sentido en lugar de involucionar. Cada vez se entiende peor la libertad de decidir. Cada vez somos más números y menos seres humanos. Hoy lo dejo aquí, para no hacer demasiado incómoda la lectura.



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