sábado, 25 de febrero de 2017

58. TAN TRISTE, TAN SERENA


Sábado, 25 de febrero de 2017: Tan triste, tan serena.
 
A la tristeza le debemos grandes temas musicales, obras de arte, novelas, poemas… El mundo le debe mucho a la tristeza. Pero también cada uno de nosotros le debemos a la tristeza, de forma individual, una parte importante de nuestro desarrollo. La alegría se disfruta, pero no nos enseña nada, en realidad. No nos preguntamos por qué nos va bien con una pareja, pero sí por qué nos han dejado. No nos extraña tener buena salud, pero sí se nos viene el mundo encima si algo va mal en nuestro organismo. La alegría simplemente está ahí. La tristeza no es bienvenida. Sin embargo, no nos damos cuenta de la gran maestra que es.
Cuando alguien se siente triste, intentamos, por todos los medios, difuminar su tristeza. No sé si es por cariño, para no ver sufrir al otro, o por la incomodidad de estar junto a alguien que sufre. Y no nos damos cuenta de que, para esa persona, lo más necesario es desalojar su tristeza sintiéndola hasta el fondo, llorándola, reconociéndola y familiarizándose con ella hasta el punto de amarla. Porque, si se esconde tras una risa, la tristeza se acomoda en nuestro interior y ya no se marcha. Hay que sentarse con ella, charlar con ella, abrazarla, llegar hasta el origen, comprenderla y, después, invitarla a marcharse.
Si la tristeza se siente rechazada, permanecerá con nosotros como una niña malcriada que no se salió con la suya. Cada vez que intentemos reír, acudirá a frustrar nuestro intento. Incluso, si se queda por mucho tiempo, ni siquiera nos dejará llorar e irá construyéndose una casa más y más grande que dejará un enorme vacío en nuestro corazón. Sin embargo, si la tristeza se siente querida y comprendida, escuchará cuanto tengamos que decirle, razonará nuestras peticiones y, si le abrimos la puerta, se marchará de buen grado, permitiendo que derrumbemos su habitación para construir nuevas ilusiones. La alegría tiene alas, la tristeza tiene pies. La alegría nos permite flotar en el aire, pero aprender a vivir requiere pisar tierra firme. Por eso, cuando nos sentimos alegres tocamos las nubes, pero las nubes se deshacen en agua que siempre volverá a subir, de forma cíclica. Y cuando nos sentimos tristes necesitamos bajar, bajar, bajar, y tocar el fondo que nos ayudará a impulsarnos hacia arriba. Es ahí, en ese fondo, donde reflexionamos, donde reconocemos nuestros errores, donde aprendemos a enfrentarnos a nuestros fantasmas y a nuestros miedos, donde aprendemos a tolerar los errores de otros… Ese fondo es nuestra escuela, donde aprendemos a evolucionar. Sin la tristeza, nuestra evolución es imposible.Todas las emociones son necesarias, como necesario es sentirlas, aceptarlas y comprenderlas. Tratar de reprimirlas sólo provocará rupturas en y con nuestro verdadero ser.